No parece mucho lo que puedo hacer frente a la situación del país. Debo acatar el racionamiento de la luz, tomar previsiones por la falta de agua, suspirar resignado por la imposibilidad económica de adquirir un carro, conseguir la manera de endeudarme lo menos posible para pagar los servicios, la comida, artículos de higiene e imprevistos porque, en lo que va de año, no me han pagado. Sin embargo hay algo que puedo hacer: quejarme. Y aunque no parezca mucho, esa forma de desahogo me hace sentir que no estoy solo en medio de la crisis. Al compartir mis preocupaciones y desavenencias hago catarsis, brota el humor y me siento apoyado.
Si la forma de quejarse se aleja de las cuatro paredes o pasillos y se va a la calle de manera pacífica, se convierte en marcha, en una marcha donde estoy rodeado de cantidades de personas que parecen sentir lo mismo que yo, donde necesitamos mostrar al resto de la gente que nos duele lo que está pasando.
El derecho a disentir, a protestar pacíficamente es un derecho democrático, comprensible para una cultura civilizada, una necesidad psicológica como medio de desahogo y una forma masiva de comunicar una posición. No hay que pensarlo mucho para entender eso.
En la marcha de profesores del día 27 de Enero, un grupo de nuestros estudiantes intentaron impedir nuestra salida. Al lograr salir a la calle, nos lanzaron piedras y botellas desde dentro de la universidad. Piedras que buscaron impactar en nuestra humanidad, y que llevaban un mensaje: “NO TIENES DERECHO DE PROTESTAR PORQUE NO NOS DA LA GANA, mereces que te abra la cabeza, mereces ser herido y mereces todo mi odio porque no piensas como yo”. Con cada piedra que esquivaba, me dolía en el alma saber que ese pensamiento provenía de una persona muy especial, esa piedra, ese mensaje, era lanzado por alguien que es la razón de ser de la universidad: por un estudiante.
Esta carta va dirigida a ti, a tus amigos que compartían tu odio hacia nosotros, no te devuelvo la piedra, te devuelvo mi sentimiento.
Tal vez has entrado a mis clases, donde te recibí y te atendí sin discriminación por tu corriente política, donde recibiste lo mejor que puedo darte: conocimientos. Tal vez vengas de algún pueblo lejano, y aquí te recibimos para que puedas formarte y regresar llevando bienestar a tu familia. Tal vez vengas con hambre, y comas de la comida que te ofrece tu universidad. Pero de ti recibo odio y ganas de hacerme daño. No creo merecerlo.
Me preocupa más que ese mensaje de odio venga del seno mismo de la UDO, del corazón, pues hace que me pregunte ¿qué educación te estamos dando? ¿Qué has aprendido aquí?
Al no poder impedir la marcha vas y quemas parte de nuestra universidad, tu odio a otros estudiantes que piensan diferente a ti lo conviertes en fuego y destrucción. Estoy seguro de que en el fondo crees que estás haciendo bien, acabando con el enemigo, sacando del juego a los que no se parecen a ti, pero eso no es democracia, eso no es una bandera política, eso es simple y llanamente una forma de pensamiento primitivo, instintivo y nada civilizado. ¿Ganarás cambiar nuestro pensamiento? ¿Ganarás adeptos a tu causa “ideológica”? ¿Querrás mostrarnos que las ideas se exponen con violencia y se transmite a través del odio? Lejos estás muchacho de lograr cualquier cosa que sea en tu propio beneficio y menos en el beneficio de la comunidad, que según, sería tu intención.
Tu piedra me dolió desde el momento en que fue lanzada, desde el momento en que fui su blanco. Tu piedra es una muestra de que la UDO está lejos de ser una casa de estudios, donde la formación humana te ha tocado. Y mientras el tiempo pasa, la gran mayoría de la gente no se da cuenta de la gravedad de tus acciones, y callan. Callan las autoridades al permitir la impunidad, callan los profesores al continuar impartiendo sólo ideas técnicas, descuidando lo humano. Callas tú, muchacho, al hablar a través de la violencia y dejar el verbo sólo para los insultos y repetir consignas que contradicen tus acciones.
No crees que yo sea parte de tu país, no crees que sufra los problemas que tú mismo padeces, no crees que sea igual a ti, sólo porque pienso distinto a ti, y si piensas que estoy equivocado, entonces no crees que merezca ser tolerado porque soy imperfecto e indigno de tu bondad.
Hoy te digo muchacho, tus piedras hicieron blanco en mi, cada una de ellas.
Profesor Carlos Millán Verde.
profesormillan@gmail.com
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