Hacer vida en la universidad de Oriente, núcleo Anzoátegui, es dolorosamente penoso. Supongo que algunas personas pensarán, como yo, que la universidad y en particular nuestro núcleo, sufre de gravísimos problemas. Creo que soñamos, trabajamos y hacemos sacrificios por aportar un pequeño grano de arena para cambiar un poco las cosas. Sin embargo, el día de ayer fue para mí, como la ola que barre un pequeño castillo hecho de granitos de arena.
Ayer, estando en cursos básicos, observé como saqueaban un par de camiones, pensando en el eterno problema de los saqueos, pero el sentido de mi pensamiento cambió de inmediato al observar como los estudiantes que se encontraban sentados en las mesitas corrían a rodear el botín y a disfrutar del festín. En ese entonces me pregunté: ¿Es para la universidad un problema los saqueos? Me lo pregunté porque aquello a nadie le parecía horroroso, al contrario, era una fiesta. Algunos saltaban de alegría, otros esperaban ansiosos a ver lo que les tocaba, algo así como el arribo tempranero del niño Jesús. Me sentí de nuevo como la excepción de la regla, como la confundida minoría que se pregunta: ¿Acaso seré yo el equivocado?
Unas horas después, intentando dar sentido a la situación presenciada, me encontraba con mis alumnos del laboratorio intercambiando opiniones. Cada minuto de la tertulia era interrumpido por la detonación de juegos pirotécnicos lanzados frente al cafetín de Básico, área justo debajo del laboratorio. Al salir al pasillo junto con una profesora, suponiendo que nuestra presencia disuadiría a los supuestos estudiantes de dejar de hacer ruidos, lanzaron del pasillo inferior dos “mini fosforitos”, rebotando uno de ellos en mi pecho y el otro entrando por el cuello de mi camisa, estallando en mi espalda, causando quemaduras en mi cuerpo y vestimenta.
Evidentemente molesto bajé a increpar a los supuestos estudiantes, encontrando más bien burlas y risas de señoritas que disfrutaban de las ocurrencias de sus compañeros, haciendo mofas de mi reclamo.
En mi universidad la excelencia se desprecia, lo que considero bueno carece de valor, y parece que esa tendencia no resulta un problema para la gran mayoría:
- Mientras esto ocurre, las autoridades rectorales se reúnen con grupos políticos estudiantiles para definir las alianzas y estrategias, pero no han manifestado la más mínima intención de acompañar el esfuerzo de las comisiones de seguridad ni concienciación que con sus propios recursos y tiempo intentan aportar un cambio permanente en nuestra situación sobre la inseguridad y la pérdida de identidad. Súmenles a esto el apoyo rectoral a líderes estudiantiles con un miserable rendimiento académico, sólo por servir a sus intereses (nada académicos).
- Mientras esto ocurre, las autoridades decanales viven desvinculadas de la realidad estudiantil, haciendo caso de sus reclamos solamente cuando hay manifestaciones violentas, enseñándoles que es la única manera de escucharlos seriamente. Las medidas académicas son sólo para aquellos que no tienen la protección de un grupo político que pueda lograr evadir la aplicación de las mismas, cosa que se demuestra semestre tras semestre cuando los mismos vagos y ociosos revoltosos permanecen activos académicamente en nuestra universidad.
- Mientras esto ocurre, los profesores siguen siendo “ganados” con reuniones con whisky y pasapalos, con dádivas y oportunidades que, mereciéndose, les son ofrecidos como favores que luego podrán ser reclamados o retirados, convirtiendo el oportunismo en un valor compartido.
- Mientras esto ocurre, nuestro gremio profesoral parece más pendiente de fiestas y agasajos que en aquello que ocurre a sus agremiados, y el silencio parece ser la estrategia perfecta para no tocar intereses de los poderosos.
- Mientras esto ocurre, el respeto a las personas sigue su descenso, ya no parece ser un derecho de todos, sino el sueño de una minoría. Antes de sentirme agraviado como profesor, me veo agraviado como persona, por autoridades, por profesores, por estudiantes y por todos aquellos que, por ser mayoría, ¡han decidido que esta universidad no se acerque a la excelencia ni por error!
- Mientras esto ocurre, nuestras estudiantes son enamoradas con las letras de un reguetón, nuestros estudiantes buscan la seguridad en la sombra de una temida agrupación (¿o banda?) y los valores universitarios pasan a ser sólo un saludo a la bandera.
Quienes pensamos que merecemos algo mejor, somos una pequeñísima minoría, y lo más lamentable es que el país espera de nosotros un mejor futuro, pero tal vez, como en nuestra institución, paguemos la minoría el desprecio a la excelencia.
Profesor Carlos Millán Verde / profesormillan@gmail.com
23 de Noviembre de 2009
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